Hay pequeños rituales que no parecen importantes, pero que, de alguna forma, lo cambian todo. Para mí, uno de ellos es reorganizar el maquillaje. Lo hago más o menos una vez al mes. Es ese momento en el que vacío todo, reviso lo que ya no está bien, lo que ya no uso tanto, y vuelvo a elegir qué se queda conmigo. Porque al final, de eso va: de quedarte con lo que de verdad utilizas y te apetece en ese momento.
Siempre hay básicos que no cambian. La base, el corrector, el colorete… esos productos que sabes que funcionan y que forman parte de tu día a día. Pero luego están los pequeños cambios, como las sombras o los labiales, que son los que marcan un poco más la temporada o el mood.
Durante mucho tiempo tuve todo el maquillaje en un armario grande, muy ordenado y todo a la vista. Era bonito, sí, pero también un poco excesivo. Me di cuenta de que, en realidad, siempre utilizaba lo mismo.
Así que decidí simplificar.
Por un lado, el maquillaje que utilizo menos lo he organizado en cajitas de metacrilato transparentes, de distintos tamaños. Son perfectas para mantener todo en orden dentro de los cajones, evitar que se desperdicie el espacio y, sobre todo, para tenerlo todo localizado sin necesidad de rebuscar. Además, no sólo sirven para maquillaje, sino para cualquier tipo de organización en casa.



Por otro lado, he dejado fuera únicamente lo que utilizo a diario, en un organizador pequeño con varios compartimentos. No es grande, pero tiene justo el tamaño perfecto para lo esencial: la base de maquillaje, el corrector, algún producto de rostro y poco más. Lo necesario para el día a día, sin exceso.
*Este organizador cuesta menos de 6 euros y lo puedes comprar aquí.

Y en ese cambio hay algo más.
Últimamente estoy intentando tener menos cosas, pero usarlas más. Elegir mejor. No acumular por acumular, sino quedarme con lo que realmente tiene sentido para mí ahora. Puede parecer una tontería, pero este momento me ordena bastante la cabeza.
Porque a veces, ordenar lo de fuera… también ayuda a ordenar lo de dentro.
