Tenía este texto empezado desde hace tiempo. No era exactamente un artículo, sino más bien una colección de ideas, reflexiones y conversaciones que se me iban quedando en la cabeza y que quería ordenar en algún momento. Hoy, Día de la Mujer, he sentido el impulso de sentarme y terminarlo. No desde el enfado ni desde la confrontación, sino desde algo mucho más sencillo: la necesidad de hablar de una realidad que, por alguna razón, cada vez más gente insiste en negar.

En los últimos meses he tenido varias conversaciones con personas muy distintas entre sí. Es increíble cómo, incluso hoy, muchas personas siguen pensando que el feminismo es lo contrario del machismo. La realidad es que no se trata de invertir jerarquías ni de poner a las mujeres por encima, sino de buscar igualdad real entre hombres y mujeres y cuestionar las estructuras que generan desigualdad. Personas a las que jamás habría definido como machistas, personas con buena intención y con las que normalmente puedo hablar de cualquier tema. Sin embargo, en muchas de esas conversaciones ha aparecido una frase que se repite cada vez más: que el machismo ya no existe, que eso ya pasó, que hoy las mujeres pueden hacer lo que quieran y que, en el fondo, ya estamos todos en igualdad de condiciones.

Cada vez que escucho algo así siento una mezcla de sorpresa y preocupación. Porque negar la existencia del machismo no lo hace desaparecer; simplemente lo invisibiliza. De hecho, cada vez estoy más convencida de algo incómodo de decir: afirmar que el machismo ya no existe es, en sí mismo, una forma de machismo. Y lo que más me inquieta es que, lejos de desaparecer, a veces tengo la sensación de que estamos incluso peor que antes. El machismo sigue ahí, pero ahora además se intenta negar.

El miedo cotidiano que muchas mujeres siguen viviendo

Si el machismo realmente hubiera desaparecido, habría muchas cosas que serían difíciles de explicar. Cada año siguen muriendo mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas. No se trata de un caso aislado ni de episodios excepcionales, sino de una realidad que continúa apareciendo en las estadísticas año tras año.

no digas que el machismo no existe, porqué decir que el machismo no existe es parte del problema

Pero más allá de los datos, hay algo mucho más cotidiano que también habla de ello: el miedo. Cuando estoy con mis amigos hombres, nunca escucho que uno le diga al otro “avísame cuando llegues a casa” o “ten cuidado volviendo solo esta noche”. Ese tipo de advertencias simplemente no forman parte de su vida. En cambio, para las mujeres es algo completamente normal. Muchas hemos aprendido desde jóvenes a caminar con cuidado, a evitar ciertas calles, a mirar detrás de nosotras o a compartir nuestra ubicación cuando volvemos solas por la noche.

Ese cálculo constante de riesgo forma parte de la vida de muchas mujeres, aunque con el tiempo se haya normalizado tanto que casi deja de mencionarse.

Cuando la biología se usa como argumento

En algunas de esas conversaciones también apareció el argumento de la biología. Que los hombres son así por naturaleza, que ciertos comportamientos responden simplemente a su instinto o que determinadas actitudes son inevitables porque forman parte de cómo funciona el ser humano.

Sin embargo, si realmente nos guiáramos únicamente por la biología, la conclusión sería muy distinta. Durante siglos también se decía que, por biología, el papel de las mujeres era quedarse en casa, cuidar de los hijos y depender económicamente del hombre. Y sin embargo aquí estamos: trabajando, creando proyectos, construyendo carreras profesionales y, muchas veces, sosteniendo al mismo tiempo el peso de nuestras familias y de nuestros hogares.

Las mujeres nos hemos adaptado a los nuevos tiempos. Pero demasiados hombres siguen recurriendo al argumento biológico sólo cuando les conviene, como una forma de justificar comportamientos o privilegios que en realidad tienen mucho más que ver con la cultura que con la naturaleza.

no digas que el machismo no existe, porqué decir que el machismo no existe es parte del problema

No quiero ser igual en todo. Quiero ser tratada igual

En una de esas conversaciones un amigo me dijo algo que también se escucha mucho: “Pero si tú puedes hacer lo que quieras”. Y en cierto modo tiene razón. Puedo querer hacerlo y puedo intentarlo. Hoy, al menos en muchos contextos, una mujer tiene la posibilidad de aspirar a casi cualquier cosa. Pero querer hacerlo no significa que la sociedad te trate igual.

No se trata de exigir una igualdad absoluta en todo ni de ignorar que existen diferencias físicas o biológicas. Si en un trabajo se premia la fuerza física, lo lógico es que lo consiga quien tenga más fuerza. Eso no es el problema.

Lo que muchas mujeres pedimos no es borrar las diferencias, sino algo mucho más básico: igualdad de valor. Igual respeto, iguales oportunidades y la misma libertad para vivir nuestras vidas sin ser juzgadas de manera distinta.

Porque todavía hoy una mujer puede ser cuestionada, etiquetada o desvalorizada por cosas por las que un hombre no lo sería. Y esa doble vara de medir sigue formando parte de la realidad.

Por qué escribo esto

Muchas veces, cuando hablas desde la experiencia, la respuesta que recibes es que exageras. Que ya no es para tanto. Que esas cosas pasaban antes. Pero no, no estoy exagerando. He tenido que irme de trabajos por jefes que intentaban cruzar límites. He tenido que dejar de caminar sola por ciertos sitios por miedo. Y he visto cómo muchas mujeres se adaptan, callan o simplemente se marchan porque sienten que no tienen otra opción.

También he sentido lo duro que es tener que construir tu espacio a base de renuncias, aprendiendo constantemente dónde puedes estar, cómo debes comportarte o hasta dónde puedes llegar sin incomodar a alguien.

Y he vivido algo todavía más doloroso: perder a mujeres de mi familia y de mi entorno asesinadas por hombres que no soportaban la idea de ser rechazados. No fueron crímenes pasionales. Fueron actos de posesión, de violencia y de poder. Porque todavía hay hombres que no soportan que una mujer decida no pertenecerles.

No es una amenaza. Es una oportunidad

No escribo esto para señalar a nadie ni para crear una confrontación innecesaria. Lo escribo porque creo que necesitamos hablar más y negar menos.

Repetir constantemente que “el machismo ya no existe” no hace que desaparezca. Sólo hace que dejemos de verlo.

El feminismo, en realidad, no es una amenaza para nadie. Es simplemente la idea de que mujeres y hombres merecemos el mismo valor, el mismo respeto y las mismas posibilidades.

Y esa igualdad real, todavía hoy, sigue siendo algo por lo que merece la pena seguir hablando.